Quedarse quieta, detenida. Establecer un rito de respiraciones casi estáticas, imperceptibles. No mostrar. Parecer una piel fría, serlo. Resistirlo todo durante el interminable lapso en el que aquellos hombres de manos negras se aproximaban. El asedio físico, el repugnante ataque de sus cuerpos atravesándola. Matándola para el resto de su vida.
Winnie tenía trece años cuando todo terminó: las noches en la lumbre a la luz de las fábulas de la abuela, el cielo raso, amigo y estrellado, acurrucada, abrigada por sus hermanas, bebiéndose la voz de su abuela, la mujer de voz de terciopelo. Apenas unos minutos bastaron para convertirse en la única superviviente de la masacre. Quizá fueran sus ojos. Demasiado claros para la uniforme negritud de la gente de su aldea. Radiantes, infinitos, transparentes.
Terminaron también los días de aguaceros en los que, quién sino la abuela, agradecía la quietud de las tardes para cantarle a la tierra, susurrando su lealtad en cada silencio. Con ella dialogaba secretamente. Sucedía igual que cuando el suelo parecía no querer regalar más que piel agrietada y reseca durante meses. Su abuela siempre celebraba la nobleza de un horizonte abierto, rojizo, libre, áspero. Sobre ese mismo suelo curtido por un calor impuesto por la geografía africana, Winnie daría sus primeros pasos como cazadora. Las gacelas abundaban por los alrededores. Winnie ya no era una niña. Conocía muy bien el modo en el que los leones se hacían con las piezas más frágiles. Observaba con esos ojos suyos. Sabía cómo actuar. Pronto tendría la oportunidad de demostrar que ya no era una niña, lo indefenso en unos ojos claros.
Los ejecutores del exterminio, encarnados en cuerpos de hombres, portaban al igual que ella unos ojos que acaso deberían ser ciegos, pues brincaban junto a la barbarie en una danza de un terror incomprensible. No es posible exponer cual era la mirada de estos hombres, si acaso se les puede nombrar como tal. Si acaso sus miradas fuesen un atributo.
Los traidores de la razón, pertrechada la más abyecta de las acciones, se marcharon para nunca más evaporarse de aquel lugar. Winnie en cambio no pudo huir, desaparecer. Aquel suceso la demolió para siempre. Tan sólo encontró el alivio una mañana en la que al despertar dejó de ser humana, dejó de estar encadenada a la sinrazón, aunque mantuvo su mirada, que aún la diferenciaba de los bárbaros de ojos ciegos. Aquel día se despertó envuelta por la forma de la inocencia, por el cuerpo de una joven gacela, y se adentró en la sabana al encuentro del león.
Allí lo miró tranquila, con sus ojos de niña… y se dejó comer.
A aquellos los devoró la vida.
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